10/02/2015


Historias de nuestros barrios: una introducción

Lapicero Verde aprovecha la obsesión del historiador Rafael A. Torrech San Inocencio por la historia de los barrios que componen la Isla. Aquí cuenta qué tramamos


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or mucho tiempo en Puerto Rico hemos soslayado la importancia y significación histórica de los barrios.  Aunque conocemos los 78 municipios y su ubicación, poca gente visualiza un territorio nacional dividido en más 900 núcleos compactos.

Diariamente cruzamos sus demarcaciones con muy poca certeza de dónde termina y dónde comienza cada barrio. Sin embargo, los barrios siguen siendo la evocación más íntima de pertenencia entre los puertorriqueños, la unidad mínima e indivisible de comunidad y vecindario, el mundo inmediato una vez se cruza el umbral externo de la puerta del hogar.

Los barrios son parte esencial de nuestra vida cotidiana.  Reconozcámoslo o no, todos vivimos, nacimos, morimos -en fin- somos de algún barrio.  El Censo reconoce 902 barrios en Puerto Rico.  Pero a estos barrios “formales” hay que añadir miles de sectores, comunidades rurales y barriadas que el pueblo reconoce también como sus barrios.  Estas unidades compactas y poco uniformes comprenden la totalidad del territorio puertorriqueño.

A mediados de la década de los ochenta, un anciano estadístico universitario me expuso a mi primer mapa de barrios.  Una geografía muy diferente al usual mapa de 78 municipios.  Allí encontré estos nombres mágicos de lugares de mi infancia y mi juventud.  Barrios que visité con mi padre ingeniero itinerante y cuyos nombres siempre incitaron una imaginativa curiosidad que nadie pudo saciar.  Una década más tarde su geografía y su historia se convirtieron en mi tema de tesis y obsesión investigativa de por vida.

Solamente con recorrer el mapa y leer sus nombres, intuí que la historia de los barrios –al igual que gran parte de la historia rural y comunitaria de Puerto Rico-  permanecía latente, sin ser explorada y documentada

Los barrios eran invisibles en las fuentes históricas más autorizadas. Ni siquiera los libros de microhistoria los mencionaban.  Más aún, personas muy versadas me argumentaron que los barrios no tenían historia.  Pero solamente con recorrer el mapa y leer sus nombres, intuí que la historia de los barrios –al igual que gran parte de la historia rural y comunitaria de Puerto Rico-  permanecía latente, sin ser explorada y documentada.

El sabio Eugenio María de Hostos era uno de los pocos que ubicaba al barrio en el contexto geográfico y social de Puerto Rico. En sus lecciones de “geografía intuitiva” instaba a los estudiantes a dibujar su entorno.  Habrían de trazar primero la casa en donde vivían, de ahí el  barrio y el municipio, siguiendo con la provincia, la nación, el continente, el hemisferio, y por último el planisferio. Era un método sencillo que reconocía que para entender el mundo, había que visualizarlo desde lo más próximo a lo más lejano.  Jamás partir del globo terráqueo y plantear a los jóvenes estudiantes que ese punto en el mapa era su nación.  Porque racionalmente su nación de valles, montañas, ríos y océanos no puede caber jamás en una mancha en un mapa.

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esultó que los barrios rurales de Puerto Rico no aparecieron formalmente hasta principios del Siglo XIX.  Los barrios urbanos de un puñado de ciudades son mucho más antiguos. A partir de la Constitución de Cádiz y la Primera Diputación Provincial comienzan las menciones y enumeraciones de los barrios constitutivos de los pocos pueblos de entonces, que no pasaban de cincuenta.  Se constituyen para facilitar el  cobro de los impuestos.  Posteriormente se vinculan a los intereses de seguridad y control del Estado, y como territorios de influencia y control de los notorios alcaldes o comisarios de barrio, cuya importancia histórica y vigencia en nuestra cultura política se hace cada vez más patente.

Los trabajos de Pedro Tomás de Córdova en 1832, un conjunto de inéditas descripciones topográficas de los Ayuntamientos entre 1846-1854; la obra de Manuel Úbeda y Delgado en 1878; y los censos y otros documentos gubernamentales de 1899 en adelante, son todos puntos intermedios de referencia para seguirle la pista al continuo evolutivo de los barrios.  Durante el Siglo XIX  el aumento en el número de los barrios guarda un sorprendente paralelo con el patrón de crecimiento poblacional del País.

Los nombres de los barrios son pistas para recorrer la línea de los tiempos en sentido inverso

Pero la historia de los nombres de los barrios es mucho más antigua.  Como nos enseñó el historiador francés Marc Bloch, los nombres de los lugares sirven para recorrer la línea de los tiempos en sentido inverso.  Antes de los barrios hubo “sitios”, “pasos” (para vadear ríos), “estancias” y “hatos” que requirieron adquirir un nombre para diferenciarlos de otros, o del conjunto de tierras anónimas a su alrededor.  Esos nombres propios, o topónimos, constituyen algunas de las denominaciones geográficas más antiguas de Puerto Rico. Muchos de esos nombres aún denominan a nuestros barrios y establecen un asombroso vínculo con las primeras congregaciones de seres humanos aún antes de la llegada de los europeos. Por ejemplo, cómo Cayrabón, el río sagrado indígena, persiste en el nombre del Barrio Cañabón de Caguas.

LV-barrios población 2000

Por tanto, los nombres de los barrios son pistas para recorrer la línea de los tiempos en sentido inverso.  Sus topónimos son ventanas para ver la flora, la fauna, las topografías e hidrografías de la antigüedad; para reconocer los rastros de viejos hatos, cotos, haciendas e ingenios; para captar patrones de colonización y de explotación de la tierra; para reafirmar herencias y persistencias indígenas; y para exhumar remotos colonizadores, y develar su hablar, sus costumbres, imperativos, devociones y mentalidades.

Abriremos estas ventanas en Lapicero Verde mediante reseñas sobre las historias de muchos de nuestros barrios rurales. No son exhaustivas. Pretendemos que motiven a cada una de sus comunidades a completarlas a cabalidad, como parte de este fascinante revival del barrio como puntal de afirmación e identidad comunitaria.

Por tanto, Lapicero Verde te convida a redescubrir este cimiento omnipresente de la historia nacional y a revalorar los barrios como reflejo de nuestra más esencial evolución histórica, social y comunitaria.

 

2 Comments

  • […] Historias de nuestros barrios: una introducción » LapiceroVerde. Lapicero Verde aprovecha la obsesión del historiador Rafael A. […]

  • […] urante la segunda parte del Siglo XIX, el Barrio Barina aparece divido en dos: Barina Alta y Barina Baja. Estas divisiones son frecuentes, hay más de cuarenta instancias de dos o más barrios colindantes con el mismo nombre en Puerto Rico, a menudo en municipios diferentes. Esta repetición demuestra que muchos de esos territorios tenían su nombre propio aún antes que se crearan los municipios.  Sobre la antigüedad de los nombres de los barrios ver: http://lapiceroverde.com/historias-de-nuestros-barrios-una-introduccion/ […]